Me torturo en vano, lo sé, nadie va a reclamarme nada; poseo teórica libertad...
Es en esa débil posibilidad de equivocación donde radica mi tristeza. A mí me devastaría, pero ¿quién dice que no sucede? Ignoro esa realidad, y lo prefiero; sin embargo, lo más probable es que se dé. Soy consciente, es lo normal.
Aunque no me hace menos desgraciada.
He traicionado mis sentimientos incontables veces, con idéntico resultado. Sí, lo detesto. Y sólo aumenta mi sensación de completa soledad.
No quiero hacerlo más, pero no soy detenida. ¡No hay quién se interese por dicha situación!
Es una certeza ácida.
Que en realidad soy únicamente yo la que lo lamenta, y que a nadie afecta lo que haga o deje de hacer. Hasta, a ratos, quisiera ser condenada, juzgada y sentenciada, con tal de tener importancia en su mundo.
No pasará.
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