El principio de la aventura nos es impuesto por las circunstancias en que llegamos al mundo. Somos incapaces de elegirlas y, por ende, somos situados en un ambiente viciado, que nos moldea a su antojo, que no nos deja decidir en qué rol vamos a jugar.
Porque el inicio se convierte en problema, en la raíz que nos une a un destino ya dispuesto para nosotros.
Sin embargo, una vez que el viajero aprende a ver tras las rejas de su prisión, de una forma u otra arranca los barrotes, para experimentar por sí mismo los desastres y placeres que entorno le ofrece, viéndose, por fin, libre de su cautiverio.
O creyéndolo.
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