Traigo un poco de todo guardado aquí, dentro, en silencio. Se mece y se altera, fluye, recorre despacio un camino oscuro.
Tiempos muertos se suceden, mecánicamente.
No hay entrada, no hay salida, no hay nada: está vacío, pero no hay espacio.
Quise marcar las pausas en cada encuentro; sonreí, soñé, bailé con cada sombra más de una vez. No fue suficiente.
Nada es suficiente.
Estoy en un mundo, una caja, oscura, interminable, solitaria. Tan familiar y desconocida...
Torrentes salados traen a la memoria un sueño monocromático. Era otra época, una sin tiempo, en la que el movimiento no existía. Abrir los ojos no hacía diferencia alguna, nada era real, no existían verdades ni certezas. El día y la noche no se conocían.
¿Era posible?
Por supuesto. Estuve allí.
Fui invitada de honor en las andanzas que se dieron, mas sólo se me permitía mirar. Caminábamos, sin ir, por túneles larguísimos, idénticos entre sí. Caminábamos, yo y mi sombra, sin movernos de nuestro sitio.
El mundo se caía alrededor, o quizás florecía entre dulces notas de violín.
Tal vez ya no había mundo.
Traigo un poco de todo guardado aquí, dentro, en silencio.
Y se está desbordando.
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