Quisiera silenciar el mundo por cinco minutos, y hacer eterna la libertad en mi mente, dejarla volar y apoderarse de todo. Sí, de todo, hasta transformarlo en algo suave y cubierto de renovada ilusión.
Por alguna razón, esta escalera comienza a ras de suelo y sigue bajando, llevándome entre recuerdos y esperanzas frustradas, dándome una probadita de fría realidad.
Puede que el mundo de los sueños no sea más que una parte, pero eso no significa que haya que subestimarlo; en él residen las bases de todas las maravillas. Cuando la fantasía y la realidad chocan, en una explosión de colores y música ensordecedora, la esencia de lo imposible se hace a un lado un momento, tan sólo lo justo para dejarle paso a una mano creadora que va saliendo de su cama, aún con ojos soñolientos, pero preparada para comenzar su faena.
Gritos y voces frívolas, castillos de naipes sumergidos en vinagre, un trozo de chocolate derritiéndose sobre la mesa.
¿Qué sentido tienen esas palabras?
Las imágenes incoherentes cobran vida en la sonrisa de un niño, y entierran un poco más la imaginación de aquel adulto estancado entre la razón y el deber.
No quiero renacer de mis cenizas, que para eso me duermo, y ya está.
El callejón de la próxima esquina se detiene a medio camino, preguntándose a dónde va esta suerte de escritura, qué pretende esta niña que juega a crecer en un mundo manchado.
¿De qué sirve?
La curiosidad hace una zancadilla al sentido común, y se aventura, desesperada, hacia el infierno helado que parece presentarse.
¿Cómo pintar un mural inexistente?
Nieve granulada entorpece mi camino.
Y vuelvo a ser yo, y no el mundo, el centro de mi atención y mis esfuerzos.
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